Tras el fallecimiento de María I en 1558, la corona recayó en Isabel I, quien debió asumir la gobernación de un país fragmentado por la violencia confesional. Con el objetivo de estabilizar el reino, la reina e impulsó el denominado Asentamiento Isabelino (Elizabethan Religious Settlement) de 1559, buscando una síntesis política y litúrgica viable.
El Parlamento aprobó una nueva Acta de Supremacía, pero modificó el título monárquico: Isabel fue proclamada «Gobernadora Suprema» de la Iglesia en lugar de «Cabeza Suprema», conciliando así el rechazo católico al liderazgo laico y la reticencia puritana sobre la autoridad eclesiástica. Acompañando a esta norma, la Acta de Uniformidad reinstauró el uso obligatorio del Book of Common Prayer de 1552, aunque introdujo retoques moderados que permitían a sectores tradicionales una interpretación amplia del culto.
La cristalización teológica del sistema se formalizó en la Convención de 1563 y se ratificó en 1571 con la promulgación de los Treinta y Nueve Artículos de la Religión. Este catálogo confesional condensó la teología anglicana al definir la justificación únicamente por la fe, reconocer dos sacramentos dominicales (Bautismo y Eucaristía) y rechazar la autoridad jurisdiccional del Papa, manteniendo la estructura episcopal y las liturgias históricas.
De esta manera tomó forma la célebre Via Media anglicana. Se configuró así una Iglesia que se entendía a sí misma como católica por preservar la sucesión apostólica, el credario patristico y la belleza sacramental, pero reformada por someter sus dogmas a la supremacía escritural y abrazar las doctrinas de la gracia de la Reforma.
El respaldo filosófico y eclesiológico de esta síntesis fue desarrollado por el teólogo Richard Hooker en su magna obra Of the Laws of Ecclesiastical Polity. Hooker argumentó que la vida eclesial debe sostenerse sobre un trípode armónico constituido por la Sagrada Escritura, la Tradición histórica de la Iglesia y el uso ordenado de la Razón.
